miércoles, marzo 10, 2010

Paul Pauls y el pensamiento mágico de clase media.


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Por Humberto Steinberg

En el análisis de la obra de Paul Pauls, hay varios conceptos que son clave para el correcto entendimiento de su pensamiento respecto de la formación de la clase media. Uno de ellos es el de la “pelotudez primigenia”, con el que explica que la clase media es “pelotuda por características propias de su origen, que está basado en una posición incierta que lleva a que sus miembros se crean importantes cuando en realidad son todos unos giles”[1]. Otra idea fundamental es la de la “supremacía del comerciante y el profesional”, con el cual entiende que la pequeña burguesía porteña cree que por haber puesto un kiosco, manejar un taxi o haber recibido un título de contador ha llegado a la cima de la sabiduría y tiene derecho a opinar de todo y a despreciar la cultura de los sectores sociales inferiores, incluso si el comerciante/profesional en cuestión nunca ha leído más que el suplemento deportivo de Clarín y tiene por película preferida a Titanic.


En este informe nos enfocaremos particularmente en una idea que, indudablemente, es vital para ingresar en la producción intelectual de Paul Pauls, un concepto que es central y no puede ser evitado sin distorsionar los resultados del profundo trabajo de este filósofo y crítico. El mismo es el del “pensamiento mágico de clase media”, y me fue explicado en un largo manuscrito, llegado clandestinamente desde un territorio lejano y no especificado.


La historia de las hojas en las que se desarrollaban los resultados del trabajo de Pauls, no carece de interés. Las mismas me fueron remitidas dentro de un sobre manchado de sangre que olía a orina, y con una nota aclaratoria que titulaba al estudio como “Los cuadernos de la cárcel de Paul Pauls”. Según explicaba el pequeño texto que acompañaba a los manuscritos, “yo escribí esto desde la cárcel, como un preso político. Es el producto de las meditaciones que la represión me ha llevado a tomar”[2]


Es en esos textos producidos en la clandestinidad donde se explica la noción del pensamiento mágico de clase media. Ya alguna referencia lateral hemos presentado del concepto en un informe anterior sobre las opiniones de Pauls respecto de las elecciones, pero, para ser más prolijos, podríamos definir la idea con la que estamos trabajando como “cierta tendencia de la clase media a pensar que sus problemas se van a solucionar mágicamente”[3].


¿Cómo funciona esto? Para aclararlo, Pauls nos hace pensar en las publicidades que se ven en televisión, destinadas a consumidores de clase media. “Productos que permiten adelgazar sin dietas, comiendo chocolate, chinchulines y chupando whisky todos los días; aparatos que hacen ejercicio por uno, y nos ponen en forma aunque nos agitemos al calzarnos las ojotas; desodorantes que consiguen que nos levantemos a las minas más lindas, aunque seamos feos y boludos: todo lleva ofrecernos una serie de elementos que, por arte de diversos encantamientos, van a conseguir resultados automáticos, sin necesidad ni de esfuerzo ni de talento. De esta manera los publicistas representan cierta tendencia de la clase media consumista a no querer mover ni un pelo del culo y, sin embargo, pretender desde el sillón de la casa conseguir todo”[4]


Así es como Pauls explica de forma elemental su concepto, que en un comienzo parece sólo referirse a triviales bienes de consumo, pero que tiene un alcance político mucho más complejo. Ya en un informe anterior nos referimos a la manera en que, según el poeta de la crítica, actúa la palabra “seguridad” en el electorado porteño, que se presenta como un encantamiento destinado a atraer los votos de la clase media del mismo modo en que lo hacía la música del Flautista de Hammelin con las ratas. De este modo, el votante pequeño burgués, en una especie de éxtasis discursivo/policial, sigue a aquel que hace el juramento ritual de luchar contra la inseguridad, incluso si en realidad las medidas que propone el candidato/brujo no parecen atacar los motivos sociales de la delincuencia[5]. El sujeto de clase media no necesita, así, que le presenten soluciones prácticas que requieran agotadores esfuerzos a largo plazo y cambios en las costumbres sociales: para él es preferible el grito místico de aquel que por fuerza de su voluntad y sus poderes ocultos podrá, a tiros, garantizar “que su hijita pueda ir al colegio sin que una horda de violadores de países limítrofes y tez oscura la viole periódicamente”[6].


Basándose en las ideas que se están exponiendo, es que el crítico entiende que la búsqueda de rápidas soluciones (sin esfuerzo) se relaciona con una necesidad de conservar ciertos modos de vida, aunque estas costumbres a mantener sean las responsables de los problemas que el pequeño burgués dice querer solucionar. Un ejemplo claro, relacionado con la cuestión de la seguridad, lo da un comentario que hizo un hombre que había sido entrevistado por el propio Pauls, que le aseguró estar “muy preocupado por el tema de la inseguridad, por eso voté a Patti, él los va a matar a todos esos chorros hijos de puta. Cuando salgo con el auto tengo que ir con un fierro, porque tengo miedo de que me vengan a chorear”. Unos minutos luego, en la misma conversación, el mismo hombre afirmó “¡Ah!, yo compro los repuestos en Warnes, no voy a andar comprando nuevos, que salen cualquier guita. Ahí son baratos, deben ser choreados, pero bueno, jeje, ¡todo sea por ahorrarse unos mangos!”.


Este ejemplo muestra cómo el pensamiento mágico de la clase media no sólo separa los resultados de las acciones necesarias para conseguirlos, sino que, al mismo tiempo, desliga las acciones sociales e individuales que favorecen o provocan aquello que es reconocido como un problema. Afirma Pauls “Que el pelotudo este no se de cuenta de que para que exista choreo de autos necesariamente alguien tiene que comprar los autos o las partes robadas, y que piense que puede seguir comprando partes robadas mientras reclama seguridad cuando maneja sólo puede ser producto del pedo líquido de pensamiento mágico que tiene la clase media. Lo único que falta es que los suicidas pidan seguridad para no morirse cuando se pegan un tiro”[7].


Por su parte, comunicadores, políticos y figuras públicas de diverso orden han reconocido esta tendencia de la clase media y, por medios discursivos, han sabido utilizar el animismo mental del público para, de una manera también mágica, hechizar a la audiencia. No sólo han usado el ya mencionado discurso de la seguridad para esto, sino que en todos los órdenes se proponen soluciones esotéricas para problemas concretos: así se habla de que la educación combate la desocupación, como si no pudiera haber educados desocupados, se sostiene que para que Argentina juegue bien hay que poner “más jugadores de acá”, como si los que juegan en el extranjero no hubieran jugado acá, o se afirma que “si nos juntamos todos, el país sale adelante”, como si todos cupiéramos en el mismo lugar. Todo esto es parte de un trabajo perceptivo por parte de cierto chamanismo mediático que ha aprovechado las limitaciones psicológicas de la pequeña burguesía para dominarla como lo haría un encantador con una serpiente.


Y, de esta manera, a partir de este mecanismo de pensamiento mágico, es que se organiza la psiquis de la clase media. Según Pauls; “en cada cacerolazo; en cada comentario en la radio de una anciana indignada por lo mal que están los jóvenes de hoy; en cada comerciante que pide seguridad, educación y que le bajen los impuestos que de todas maneras no paga; en cada hincha que pide la cabeza del director técnico en la cuarta fecha del campeonato; en cada persona que se queja por los paros en los subtes; en fin, en toda propuesta y reclamo histérico y sin sentido del porteño promedio, se encuentra este pensamiento mágico, que como una suerte de pulsión freudiana motiva y moviliza a la clase media hacia una estupidez cada vez mayor”.[8]


Humberto Steinmberg ha publicado numerosos trabajos de semiótica y análisis del discurso aplicados a personajes infantiles y populares, entre ellos “Los Tres Chiflados y su simbología en la Revolución Cultural China” y “Celeste, siempre Celeste y el furor por el 1 a 1 en épocas de menemismo”


[1] Pauls, Paul, Por qué odio a los comerciantes, Ágora, Buenos Aires, 1999, P145

[2] En realidad, haciendo averiguaciones, supe que Paul Pauls había ido preso por golpear a una prostituta en la calle, orinar a un repartidor de correspondencia, y haber realizado una danza ritual desnudo en el patio de un jardín maternal. La idea de que era un preso político como Gramsci, produciendo volúmenes de alto vuelo intelectual a la sombra de las mazmorras de la dictadura fascista, es sólo suya.

[3] Pauls, P, Cuadernos de la cárcel, Inédito, P 51

[4] Puls, P, Inédito. Ob. Cit. P 58

[5] Sin mencionar, aparte, que tal vez el discurso de la inseguridad esté bastante inflado por canales de televisión que precisan dar noticias las 24 horas del día.

[6] De seguro no le estás dando pelota a las notas al pie, así que no te incluyo ningún dato de la cita.

[7] Lo mismo que antes, no voy a ponerme a buscar la página del libro y los datos de la edición al pedo.

[8] Está en los cuadernos, creo que por el medio. Fijate.



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2 comentarios:

Unknown dijo...

Siempre me arranca una sonrisa.

Revista ¡Lo qué? dijo...

Y es que tironeamos y tironeamos hasta que, al menos de compromiso, alguien nos sonríe.
Gracias por el comentario y consulte a su médico, sonreir ante estos informes es señal de graves trastornos