Por Fred Peel
El verano es la fecha en que nos liberamos por unos días de nuestro trabajo, de la actividad cotidiana que tan pesadamente nos chupa la vida a cambio de unas monedas que nos permitan pagar el celular y el cable. Los intelectuales no son ajenos a este momento de distensión de las dificultades de su vida cotidiana, que está signada por asperezas tales como corregir parciales y publicar artículos sobre Jorge Asís como ejemplo de la decadencia del pensamiento argentino, y han buscado, del mismo modo que un tipo que vende panchos en la estación Once del Sarmiento, el descanso y el regocijo de un viaje que recargue sus energías psicofísicas.
El verano es un buen momento para el intelectual. Aparte de alejarse de sus labores y dedicarse a placeres que más adelante mencionaremos, tiene la posibilidad de encontrarse en los puntos de vacaciones con el resto de los seres humanos, con aquellos que tal vez no hayan dedicado una porción de su tiempo tan grande al estudio de los grandes problemas filosóficos, literarios o humanos, o mejor, dicho, que tal vez no hayan dedicado ninguna porción de su tiempo a tales asuntos, y que los hayan ignorado felizmente mientras escuchaban las innumerables discusiones televisivas respecto de si Abondanzieri podía seguir siendo arquero de Boca o si era mejor descuartizarlo. Esta posibilidad de encuentro se da principalmente por el hecho de que, en general, en los lugares de veraneo no se suele ver mucha tele[1] (el alquiler de departamentos con tele es mucho más caro que el de los que carecen de este vital aparato) lo cual le deja a la fauna de clase media mucho más tiempo para el resto de las actividades que existen en el mundo, y que bajo ningún concepto está dispuesta a realizar en la ciudad, tales como leer, conversar y pensar. Así, los temas para una charla ocasional se mueven de “Ricky Fort se peleó con Matías Alé por el culo de un travesti con sífilis” a asuntos un tanto menos estúpidos tales como “Qué lindo es el mar”, “las montañas son hermosas”, “hicimos una caminata jodida hasta el río” u “hoy leí en un libro que no es malo enfiestarse con las primas de tu mujer[2]”
De esta manera, el intelectual goza de unas relaciones que están prohibidas durante once meses y medio al año. Es verdad que ese contacto lo expone a “estoy leyendo el último de Dan Brown, está buenísimo” o a “somos seres hechos de energía que si proyectamos nuestra vida a lo positivo podremos conseguir lo que queramos”, pero bueno, gran parte del placer del erudito está en conocer a personas que hablan tonterías para poder sentirse superior a ellas (mismo si ellas tienen más plata, mejores trabajos, y se acuestan con mejores mujeres/hombres)
Otro de los goces del intelectual en el verano está en su intento de exponer algunas ideas ante los profanos. La posibilidad de lucirse explicándole a una contadora los orígenes de la filosofía judeo-cristiana, a un kiosquero el argumento y los logros estéticos de un cuento de Joao Guimaraes Rosa, o a un bañero el por qué “La ideología alemana” no es un libro que habla sobre nazismo, es algo que reconforta al hombre instruido, incluso si su interlocutor se aburre, le pierde interés a sus palabras al segundo y medio, y termina pensando que todos los que leen están locos o son idiotas.
Otro enorme placer, típicamente del intelectual que va a la costa atlántica, es el de llevar libros que no se corresponden con aquellos que “se leen en el verano”. Por ejemplo, tener en Punta Mogotes los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui, alguna novela de Pynchon, Memorias del Subsuelo de Dostoievski o las Meditaciones Metafísicas de Descartes es casi como una hazaña de la que se vanagloria el hombre instruido, incluso si, aburrido, no lee una sola letra de esos textos y, escondida entre sus páginas, tiene una revista de sopas de letras. Es que esto le sirve para poder dar cuenta de su enorme compromiso con las altas escrituras, para demostrar que su fanatismo por el pensamiento es extremo, y para tener más fundamentos para denunciar a aquellos que han profanado al mundo de la cultura con sus playerísimas lecturas de best sellers pignescos.
En el caso de aquellos que deciden viajar por otros destinos un tanto menos concurridos que la costa atlántica[3], como por ejemplo el norte, una de las nuevas vedettes del veraneo culto, hay otras maneras de pasar buenos tiempos. Primero, allí existe la posibilidad de cruzarse con muchos miembros de la misma especie, otros intelectuales con los cuales tener las más interesantes reflexiones respecto de lo “indescriptible” del paisaje, lo “infinito” de las montañas o lo, “imposible” del entendimiento humano para abarcarlo. También allí se podrá hacer contacto con cierta bohemia artística y con cierto hippismo, con el cual es posible compartir charlas al calor de inteligentísimo fernet, de algún literarísimo cigarrillo herbal o de algún filosófico compuesto proveniente de algún cactus. Claro, a veces, no siempre, esos bohemios o hippies defraudan un poco las expectativas de arte alternativo y encuentro “fuera de los lugares comunes” con una guitarreada plagada de temas de Calamaro y Los Caballeros de
Los letrados, filósofos y estudiosos son capaces, aparte, dar un aporte que mejore las vacaciones de aquellos que no se han dedicado tanto a la lectura. Podrán redundar en minuciosos detalles impensados, y que probablemente no tengan ninguna importancia, para instruir a veraneantes desprevenidos y profanos a los que por casualidad les cayó en la mano algún libro de Cortázar, García Márquez u otro autor canónico popular. Tendrán la posibilidad de educar a aquellos que hayan estado paseando más o menos cerca de algún destino con algún mínimo interés arqueológico, explicando, sin que nadie se los pida, las características de tal o cual cultura indígena, y comparándola con los actuales valores porteños, europeos, swazilandeses o de José C. Paz.. Asimismo, podrán ilustrar e iluminar a todos los que, con un poco de ignorancia, abran su boca para referirse a cualquier tipo de tema artístico, político, histórico o sociológico, permitiéndole así al desinteresado vacacionista mejorar su nivel cultural y salir del estado de desconocimiento casi bestial en el que estaba sumergido.
Esta, la que se ha presentado en estas páginas, es la manera en que el erudito descansa. Ya sea en Mar Azul, en
Fred Peel es un… un… bueno, no estamos muy seguros de qué es. Sólo sabemos que trabaja como editor de esta publicación, que de chico tenía una dudosa afición a jugar con los Pin y Pon y que cada tanto dice frases como “¿Soy el único que le da a Solita Silveira?” Más allá de eso, nos cae fenómeno y lo dejamos escribir aquí.
[1] Por supuesto, esto no quita que haya quienes viajan 900km y gastan cientos de pesos y decenas de horas para meterse en una habitación de hotel a ver los partidos de verano, ni que aquellos que alquilaron un lugar sin tele no queden embobados en cuanto restaurante cuente con el aparato; lo que decimos es que la exposición a los rayos catódicos disminuye notablemente.
[2] Todavía estamos buscando ese libro. N del E.
[3] Algunos piensan que cualquier destino en el mundo tiene menos gente que la costa en verano, incluyendo Shangai o el DF Mexicano.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario