Por Pablo Secsfield
De todos los trastornos psicológicos que me han tocado estudiar hasta el momento, uno de los más desagradables y que más consecuencias dañinas ha traído a la humanidad (y con ella, a mí mismo) es el del síndrome compulsivo de glosolalia[1] frutera deleuziana (SCGFD). Este terrible mal, comúnmente asociado a profesores universitarios, escritores, pensadores e intelectuales ya consagrados, pero también presente en jóvenes estudiantes, artistas y vagabundos, consta básicamente de una deformación hipertrófica del aparato lingüístico que lleva a que el paciente paulatinamente vaya reemplazando su habla cotidiana por términos que suenan iguales, o más o menos similares, o vagamente parecidos a los de varios pensadores franceses de los años sesenta y setenta (en especial Deleuze, pero también otros)
Un paciente mío, ayudante de una comisión de una materia en
Este caso que he presentado, de extrema gravedad, es un ejemplo del tipo de funcionamiento que tiene la psiquis de alguien que sufre de SCGFD. Una gigantesca excitación verbal, una enorme pérdida del sentido práctico del lenguaje y de los géneros discursivos[4] y, sobretodo, una terrible capacidad para hablar boludeces y para reducir todo lo que ocurre en el universo a dos o tres palabras clave que se repiten ritualmente hasta el cansancio (del que las escucha). Los problemas que este tipo de conducta genera en quien padece del síndrome son variados, pero principalmente podrían resumirse en una disminución de contacto real con los otros, que normalmente se aburren de la glosolalia intragable, o que incluso pueden llegar a sentirse “hinchados las pelotas” al punto de llegar a “querer cagar a trompadas al chamuyero”.
Como no podía ser de otra forma, en el origen de este problema hay un desarreglo de tipo sexual. El centro de placer, en el caso de los que sufren de SCGFD, se ha trasladado de los órganos genitales a la lengua[5]. Por otro lado, los estudios han demostrado que la libido de los pacientes con este desorden es tan alta como la de un joven de 15 años virgen, razón por la cual tienen un enorme impulso para “gastar” esa energía. Así que del mismo modo en que los adolescentes necesitan estar masturbándose todo el día para saciar su exceso de libido, las personas con SCGFD precisan descargar su excitación por medio de la ya vista incontrolable (e insoportable) glosolalia deleuziana.
Esta forma masturbatoria de la oralidad[6][7] es la que muestra el desbocado narcisismo de los pacientes, que sólo pueden gozar consigo mismos, con sus palabras mejor dicho, incluso cuando parece que están en contacto con otros. Un joven estudiante sufría numerosos ataques de glosolalia en pleno acto sexual, y reemplazaba lo que debería ser el típico comentario sucio al oído de la pareja (irreproducible) por una serie de discursos del tipo “amor, estamos fusionándonos el uno con el otro. Nuestros yoes toman una línea de fuga y se diluyen en la multiplicidad, en un goce sin comienzo ni fin, en un perpetuo movimiento sin destino. Devenimos nómades del amor, devenimos goce”.
Incluso este joven consiguió casi ser linchado en una orgía, cuando en medio de las más variadas y envidiables prácticas sexuales se puso a predicar: “Ahora sí, todos seremos uno, aunque en realidad nada. Seremos sólo un rizoma de cuerpos sin centro. El yo se deshace en la nada y pierde su lugar en el camino sin destino, en el espacio sin límites ni mesuras. Sin un yo que reclame placer, sino como fuerzas, como potencias de goce lanzadas a la destrucción de toda subjetividad, gozando el goce y gozando la destrucción, esto es, gozando doblemente el goce y nuestra desaparición. Yo no seré quien goce: gozaremos”.
Luego de que fuera salvado por un equipo de expertos en primeros auxilios que fue capaz de retirarle un gigantezco consolador de 40x8cm que sus compañeros de orgía habían atorado… en su garganta, con fines de asfixiarlo, este muchacho sólo pudo tener parejas que sufrían del mismo mal. Es que los ejemplos que hemos presentado muestran con claridad que el joven no gozaba con el acto sexual en sí, sino con las palabras que pronunciaba, en especial cuando proponía la “disolución del yo”, momento en el que solía eyacular y que es la coronación de ese narcisismo supersónico al que se había subido[8][9][10][11][12]. De esta manera, sólo mujeres con SCGFD podían soportar tener sexo con él, en sesiones amatorias en las que los intercambios de parrafadas imitadoras del pensamiento deleuziano deben haber sido, sinceramente, un embole mayúsculo.
Aparte del narcisismo gozador que propone reiteradas veces su propia desaparición para que todos lo miren reiteradas veces, existe otra variante de comportamiento que provoca, al menos, la misma cantidad de sufrimiento, aunque en este caso al propio sujeto[13][14][15][16][17][18][19]. Hemos tratado desde hace muchos años a una serie de personas que sentían una enorme culpa por no poder “desterritorializarse” o por ser incapaces de “salir en líneas de fuga que escaparan a la lógica del adentro y del afuera”. Si el pensamiento de Deleuze pone tanto énfasis en el nomadismo, en el movimiento sin destino ni origen, en caminos que se salgan de los ya fijados por un orden subyugador, ¿qué se le puede decir a un pobre paciente que se presentó aterrado en mi consultorio porque se fue de viaje de Buenos Aires a Mar del Plata y llegó perfecto sin retrasos ni desvíos? Son muchos los que sufren esta última variante del desorden, que se sienten desarmados por no poder cumplir con los preceptos que salen compulsivamente de su propia boca y que lloran porque “al comprarme un departamento me reterritorialicé” o porque “anteayer comí milanesas por segundo día seguido, tal cual lo había planeado”
Un último punto a tener en cuenta para hablar de este tipo de desorden psicológico, y ciertamente el más obvio, es el de los problemas de comunicación. La jerigonza psuedo deleuziana puede volverse inentendible para el público no iniciado, lo cual da lugar a situaciones complejas, como la de esta señora que le dijo a un transeúnte desorientado “es indiscernible el espacio, ya no está delimitado por coordenadas sino por vectores, por la velocidad del movimiento que vuelve indiscernibles e inútiles los puntos: desplácese por el movimiento mismo, experimente el espacio”. Esta frase, que como argumento en un debate filosófico podría no estar mal, como respuesta a la pregunta “¿Sabe dónde queda la calle Baldomero Fernández Moreno?”, es completamente desubicada. Otra muestra de esta incapacidad simbólica fue la de una adolescente recién encandilada con los preceptos teóricos postmodernos, que se dirigió al empleado de un kiosco asegurando “El movimiento me trajo aquí al encuentro de una serie indiferenciada de elementos sin color que pasen a estar en mi boca, o tal vez para que mi boca pase a estar en esas decenas de elementos sin color, es indistinto. Lo importante es que se genere un humo en el contacto que se fugue hacia el infinito y se disipe en el aire”. El kiosquero jamás supo que la chica le estaba pidiendo un atado de cigarrillos.
Toda esta exposición respecto del funcionamiento y los problemas que sufren aquellos que padecen el SCGFD requieren de nosotros, los psicoanalistas, la mayor de las atenciones para resolver no sólo el padecimiento del paciente, sino también una pregunta que hasta ahora no ha tenido respuesta. Ésta es la de cómo se hace para diferenciar un glosólata frutero de un respetable teórico o profesor que goza del total uso de sus facultades, y la verdad es que, hasta ahora, las líneas que los separan son difusas (¿o estaremos en el umbral?): los límites entre uno y otro no parecen nada claros.
Pablo Secsfield fue profesor de la cátedra de Psicoanálisis de la Universidad de Niza, hasta que fue despedido por acoso sexual en 1987.
[1] Glosolalia: Psicol. Lenguaje ininteligible, compuesto por palabras inventadas y secuencias rítmicas y repetitivas, propio del habla infantil, y también común en estados de trance o en ciertos cuadros psicopatológicos. (Fuente: RAE)
[2] No esperarás que te crea eso, ¿no? Dejá de mentir. Nota de Joean Artouer
[3] ¿Mentira? ¿Una palabra que se refiera a mí mismo como sujeto o al mundo como objeto? –Nota de Secsfield
[4] A ver si entendés que el lenguaje no existe para decir cosas, sino que es un movimiento, hijo de puta- nota de Joean Artouer
[5] Mirá, vos sabés mejor que nadie eso, chupa pXXXX (censurado) N de Joean Artouer
[6] “Masturbatoria de la oralidad”, ¿vos que cada vez que no podés echarte un polvo escribís un texto nos decís a Deleuze y a todos los que lo leemos que somos unos pajeros orales? N de
[7] No, no. Primero, la pongo seguido y escribo seguido. Segundo, yo no dije nada de Deleuze, ni de la totalidad (jeje) de sus lectores, dije que algunos tenían este síndrome. Aprendé a leer. N del A
[8] No se puede decir “disolución del yo” sin decir “yo”. O sea, pedir el final de la propia subjetividad no es más que la mejor forma de llamar la atención sobre mi mismo (mi yo y mi subjetividad). N del A
[9] Claro, y yo me chupo el dedo. N de
[10] ¿Ves? Terminás diciendo “yo”. Nota del A
[11] No, no. No mezcles cuestiones teóricas con esto. Note de
[12] Mezclo lo que se me antoja. Si ustedes dicen eso de terminar con “el yo” para hacerse los cancheritos onda “no importo, sigan sin mí” como en una película berreta, yo mezclo whisky con tequila si quiero. Cada uno de uds quiere ser recordado como aquél que destruyó al yo. Nota del A.
[13] Hijo de puta. N de
[14] Forro. N del A
[15] Puto. N de
[16] Te recuerdo que la mayoría de tus ídolos intelectuales fueron gay, así que tené más respeto, idiota. N de A
[17]Andá a cagar N de
[18] Andá a cagar vos N de A
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