...de Caperucita y el lobo.
Antes de empezar a hablar del personaje al que está dedicada esta aguafuerte, debería explicarle al lector un concepto elemental, acuñado por mis amigos y yo, llamado “así unas tetas”. Este sintagma era utilizado para hablar de aquellas señoritas que, por obra y gracia de alguna generosa divinidad, habían sido benditas con un importante busto. De esta manera, cada vez que se veía a una muchacha que cumplía con esas (dos) características, alguno ahuecaba sus manos para simular una forma redondeada, las dirigía hacia su pecho, guardando con éste una distancia que sería equivalente a la de unos grandes senos, y recitaba las tres palabras que aparecen en la primera oración. Luego de que eso ocurría, quedábamos como unos estúpidos haciendo comentarios supuestamente ingeniosos del tipo: “debe cargar un contrapeso para no caerse para adelante” o “Eso es justo lo que me recetó el médico”.
La chica que es merecedora de este espacio en las hazañas del subsuelo cumplía flagrantemente con los requerimientos descriptos más arriba. Se paseaba con eso que satisfacía los requisitos por el pegajoso piso cuadriculado, atrayendo las miradas de todos (y sino también de “todas”, al menos de algunas). El resto de su cuerpo, que uno podía llegar a observar luego de lograr despegar con mucho esfuerzo los ojos de sus pechos, era muy bonito también. Tenía una figura delgada, con cintura y caderas bien proporcionadas, y una cara bastante atractiva, en la que portaba unos anteojos que le daban una expresión atrevida, sensual, fuerte sin dejar de ser delicada, grácil, onírica y peligrosa: nos recontra calentaba.
Sus virtudes no estaban sólo en su cuerpo, sino también en su actitud frente al selecto grupo de asistentes del subsuelo. Se paseaba bailando, mirando, encendiendo fuego como si fuera una antorcha. Una de las gracias que celebrábamos todos era su costumbre de ir por ahí adentro con la parte superior de su cuerpo tapada sólo por su corpiño, lo cual hacía, por supuesto, que usáramos con total justicia la exclamación a la que se hace referencia en el primer párrafo.
Hubo una velada fabulosa en la que el subsuelo se vistió de gala para recibir la “Noche de Brujas”, o Halloween, o como la quieran llamar. En el transcurso de esa fiesta, nuestro amado refugio fue muy parecido al exterior, porque durante esa noche se suelen usar ropas extrañas en muchos otros lados, no sólo allí abajo. Justamente fueron esos disfraces ocasionales los que ocultaron los cotidianos, y entonces parecía que no sólo los asistentes habían seguido la tradición de esa celebración importada, sino que también el propio lugar se apegaba a la costumbre, poniéndose una normalidad de cotillón. Así es que se pudieron ver parcas, máscaras de “Scream”, vampiros y vampiresas (esos se ven siempre, pero había más que de costumbre), diablos, alguna enfermera y, por supuesto y sobretodo, una Caperucita.
Con todo lo que se viene escribiendo, aclararles que la que se había disfrazado de aquel personaje de los cuentos era la misma que se paseaba en corpiño por aquellos legendarios suelos no tiene ningún otro sentido más que el de mantener la coherencia del texto. Ella estaba allí, con su caperuza roja, y bastaba con eso para que nuestra libido estuviera a punto de estallar. Mientras los poderosos tragos de la barra nos ponían a tono, veíamos como llevaba la famosa canastita en su brazo, y daba saltitos que parecían tan aniñados como poco inocentes, haciendo que todos olvidáramos a los que teníamos alrededor. Y seguían los zapatitos, y la pollerita, y recuerdo que mi respiración ya se agitaba. Entonces, cuando la pude ver de frente, sus pechos se asomaron por entre los pliegues de la capita roja, cubiertos por esa mítica pieza de lencería que todos queríamos sacar, y creo que fue allí cuando, a pesar de estar varios metros bajo tierra, vi la luna. Ella bailaba y seguía pegando saltitos, y yo ya había bebido muchos brebajes, y todos los pelos de mi cuerpo se habían erizado, y de mis colmillos, afilados como nunca, se deslizaba la saliva de una bestia famélica. En ese momento mis labios no me obedecieron, y tampoco mis pulmones: de no haber sido por el estruendo de la música, el aullido se habría oído hasta en el mismísimo infierno.
-En el cuento, a Caperucita la comía el lobo, sin embargo a vos te veo en una pieza- le rugí.
-Si, es verdad, pero ahora con mi novio vamos a mi casa… y me da para que tenga-(sic)
La falta de piedad en la respuesta me dejó anonadado, y Caperucita se acercó a su supuesto novio, con el que se puso a bailar de una forma que me niego a describir. Lo único que puedo comentar es que el hombre que recibía tales atenciones no parecía apreciarlas demasiado, y ni siquiera atinaba a tocarle un pech… un pelo. Ante tal desperdicio, aproveché un segundo en el que se alejaron y volví a gruñirle.
-¡Sos una Caperucita con suerte!
-¡No, quedate tranquilo que ahora me agarra, ¿y sabés como me deja?- me respondió, dándole a la palma de su mano izquierda un golpe seco con el filo de la derecha.
Si lo que dijo la bella Caperucita ocurrió alguna vez no puedo saberlo nunca. Lo único que vi es que ella prosiguió con su baile ultra-recontra-re caliente, y que el pseudo novio siguió casi sin darle pelota, lo cual me hizo hacer una acalorada reflexión respecto del reparto de pan por parte de la divinidad hacia aquellos que no tenían con qué masticarlo. Mi indignación siguió creciendo, y entré en una especie de frenesí que me hizo salir aullando del subsuelo y correr hacia mi casa. Mientras huía hacia el calor del hogar, el famoso diálogo de Caperucita y el lobo se me vino a la mente, pero en una extraña versión, grotesca.
-¡Caperucita, que anteojos tan bonitos tienes!
-Para mirarte mejor.
-¡Caperucita, que mirada tan sexy tienes!
-Para atraerte mejor.
-¡Caperucita, que pechos tan grandes tienes!
-¡Para calentarte mejor!
Así llegué a mi casa, con las manos manchadas de sangre, y entendí que, a pesar de que yo me había creído un lobo, había terminado siendo sólo un cachorrito.
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