La navidad, en la sociedad contemporánea, está asociada a un gasto excesivo en bienes de consumo, a arbolitos importados de China con luces de colores que pueden hacer cortocircuito en cualquier momento, y a la ingesta de comidas y bebidas, tales como el turrón y la sidra, que si fueran servidas para otra fecha provocarían repulsión. Esta forma de entender la mencionada festividad aparece para el grueso de los habitantes del mundo como natural, dado que para el hombre de los siglos XX y XXI no parece existir otra manera de celebrarla, del mismo modo que también le parece normal que sea más conocido Matías Alé que Claude Levi-Strauss. Pero la versión moderna de la fiesta, que estaríamos autorizados a llamar “comercial”, no es la única que se ha dado en la historia: veremos que hubo variadas manifestaciones de la celebración navideña y que podremos poner en relación esos diferentes festejos con el estado en que las luchas de poder propias de cada sociedad y cada tiempo los han moldeado.
Para iniciar este recorrido genético de la fiesta, lo lógico sería que se comenzara con la noche del propio parto de Cristo, a la cual podríamos llamar sin temor a equivocarnos “primera navidad”. Pero nos permitiremos aquí una ligera libertad, y antes haremos un breve comentario de la manera en que algunas culturas precristianas celebraban fiestas religiosas de importancia similar a la que podría tener la conmemoración del nacimiento de Jesús para la sociedad occidental contemporánea.
En los pueblos de la antigüedad, solía ser común que las festividades estuvieran acompañadas de rituales de sacrificio. En las primeras civilizaciones existía la idea de que los dioses eran entidades crueles y vengativas que requerían, del mismo modo en que lo hacen hoy en día los accionistas de empresas trasnacionales, de sangre y sufrimiento humano para serles favorables en aquellas cuestiones que eran vitales, tales como conseguir alimento o ventura en la guerra. Esta creencia reflejaba en el fondo la ferocidad de los hombres de esos tiempos, que envueltos en condiciones de supervivencia inestables le adjudicaban a los dioses un proceder sanguinario que era el que ellos mismos necesitaban para subsistir en un mundo tan violento.
De esta manera, los hombres de las primeras civilizaciones se regodeaban ante la sangre y las vísceras, de tal forma que el goce hacía tolerable esa violencia inevitable. Así se sucedían los rituales, con las más variadas formas de tortura y abuso físico. Las decapitaciones, mutilaciones, empalamientos y estrangulaciones eran comunes. También era normal el sacrificio de seres humanos ofrecidos al fuego, o cocinados en brasas para luego ser alimento de la divinidad. Había víctimas a las que se les quitaban los ojos y se les llenaban las cuencas con insectos ponzoñosos: los torturados gritaban hasta que las cuerdas vocales se les desgarraban y luego, cuando su voz se apagaba, les quitaban la lengua, la picaban en pequeñas partes, la cocían hasta ponerla al rojo vivo, y les insertaban los pedazos candentes por los oídos, el ano y la boca, hasta que morían calcinados. Y también se arrancaban narices, penes, orejas. Les clavaban a las víctimas agujas de bambú debajo de las uñas, mientras los espectadores celebraban en éxtasis ante una verdadera orgía de tormentos. Y les abrían la yugular con cuchillos oxidados, y bebían su sangre, y les introducían picas en las narices, mientras todos gemían en medio de un festejo erótico por el dolor ajeno…
(La descripciones de las torturas antiguas prosiguen durante aproximadamente 17 páginas, que se vuelven cada vez más desprolijas y al final carecen de puntuación, repitiéndose en los últimos párrafos el coordinante “y” como único elemento cohesivo. El editor ha considerado un tanto exagerado esto y ha preferido evitarle al público el desagrado de tanta sangre gráfica. La idea de que los antiguos celebraban sus fiestas de una manera radicalmente diferente a la de poner un arbolito de plástico en el living y adornarlo con bolas de colores ya estaba demostrada)
Por su lado, los romanos habían adoptado como festejo las bacanales, que mostraban características bien diferentes de la pacatería moderna esa de invitar a tíos insoportables para que nos hablen una noche al año de todo lo que no queremos escuchar los otros 364 días. Las bacanales, en especial las desarrolladas durante las fiestas saturnales, eran verdaderas orgías, donde se homenajeaba al desenfreno, donde se comía sin culpa, donde se derrochaba en regalos y donde los sirvientes podían ser servidos por sus amos. El goce sexual se unía al culinario y a la bebida, y la celebración se transformaba en una masa poliforme de placer donde las prohibiciones se derrumbaban ante el deseo sensual y sin control de hombres, mujeres, transexuales, hermafroditas y animales avaros de derrochar una libido promiscua hasta la perfección que…
(Al igual que ocurrió con las torturas, la descripción de las saturnales se extiende un poco más de lo debido. Para ser más precisos, la oración que hemos cortado se despliega a lo largo y a lo ancho de tres páginas sobrecargadas de metáforas que no hacen más que indicar que los romanos, en lugar de festejar tirando petardos, preferían tener orgías donde todas las formas posibles de experimentación sexual estaban permitidas)
Llegando ya, por fin, a la primera navidad, es por todos conocida la historia del nacimiento de Jesús que contaron los fundadores de lo que más adelante se conocería como cristianismo. Lo que tal vez no haya sido tan difundido es el hecho de que hubo una versión antagónica a la oficial, narrada por un grupo de mercaderes hebreos deseosos de imponer una religión “con más gancho comercial”. Según el relato de los comerciantes, la concepción Cristo no fue tan espiritual como dicen los católicos, sino que Dios, utilizando sus infinitos recursos, distrajo a José con complejos juegos mentales[1] y luego aprovechó para meterse en la pequeña habitación donde dormía María. “Dale, no seas histérica: siempre me rezás, y ahora que vengo no querés… Quedate tranquila, tu marido no se va a enterar”, le habría dicho el Creador, que con el argumento de que “era Dios” la convenció para no cuidarse.
La ya-no-virgen, al poco tiempo, notó que estaba embarazada y, sabiendo quién era el padre, oró para que se hiciera cargo del niño y al menos le pasara una cuota de alimentos. El que hizo la luz, al principio, intentó desligarse del asunto “puede ser de cualquiera, y recién el examen de ADN se va a inventar en dos mil años, así que no sé…” María, por su parte, fue enérgica “En la ecografía sale que el feto de Jesús tiene una aureolita chiquita, y eso no puede ser de otro. Si hasta el médico me dijo “la felicito, es un niño-dios que está creciendo sano. En cualquier momento empieza a hacer milagros intrauterinos”.
Al parecer, esta versión de la concepción, en lugar de narrarse oralmente, como hicieron los primeros cristianos, se difundió a partir de pequeñas publicaciones gráficas, similares a las revistas modernas, donde se iban contando semana a semana las instancias del conflicto entre Dios, María y, también, José. Las confesiones de la madre de Cristo diciendo que había querido abortar, pero que Dios no la había dejado; las acusaciones del Creador, afirmando que la ex virgen lo había engañado para tener un hijo suyo: todo se sabía a través de esos textos escritos, verdaderos Best Sellers en Judea. El episodio más documentado es aquel que narra cómo José desafió a pelear a Dios “por meterse en cama ajena”, y donde se cuenta también la respuesta mordaz del hacedor de todo, que replicó “María terminó teniendo un hijo conmigo porque José no es un hombre de verdad, no sé si me entienden. Y como así no puede darle un hijo a su mujer, su mujer sale a buscar a alguien que sí pueda”
Las disputas entre los comerciantes y los primeros sacerdotes, que vieron en estas versiones una base no muy firme para una religión, se resolvieron a favor de los segundos. Aunque nos parezca mentira a los hombres del siglo XXI, la actividad comercial no era tan poderosa como la religiosa en esos tiempos: la segunda permitía una mayor proyección a futuro y era más cómoda para los imperios venideros. De esta manera, los segundos pudieron monopolizar la marca Cristo, y difundir un mensaje acorde con la necesidad de generar una fe con menos impacto mercantil a corto plazo y mayor estabilidad en el largo. Así, los relatos del periodismo de espectáculos de la época sucumbieron ante el texto bíblico, que se transformó en el único Best séller de la etapa siguiente.
Con la caída del imperio Romano y la llegada del medioevo, la actividad comercial se vio reducida a mínimos inimaginables para aquellos que vivimos en la postmodernidad y estamos acostumbrados a que nos llamen por teléfono a las 4 de la mañana para vendernos un plan de celular que nos da ringtones de El Bombón asesino. La iglesia gozó entonces de una oposición mucho más leve, basada principalmente en la circulación de textos heréticos eruditos que eran, claro está, mucho menos peligrosos para la dominación intelectual eclesiástica que las versiones apócrifas del nacimiento de cristo en Judea. Este triunfo del cristianismo le permitió a la iglesia poder dedicarse a celebrar una navidad bien pacata, que poca envidia provocaría incluso a la más aburrida de las reuniones familiares actuales, incluso las que se hacían en casa de mi abuela, y eso que nos obligaban a cantar villancicos hasta las dos de la mañana.
Pero a partir de la llegada de la modernidad, el crecimiento nuevamente de la actividad comercial puso a la iglesia nuevamente en problemas. De a poco aparecieron historias sobre santos y duendes que daban obsequios para las fiestas, y estos relatos fueron ganando lugar, mientras la ya obsoleta narración del nacimiento del Dios-hombre, que no daba ningún regalo, retrocedía. Así los comerciantes volvían a conseguir espacio y la venta de chucherías seculares reemplazó a la venta de chucherías religiosas, por supuesto, ante la aterrada mirada de los curas.
El golpe de gracia a la navidad religiosa se lo dio, indudablemente, la aparición del mito de Papá Noel o Santa Claus, surgido tal vez durante el medioevo, pero indudablemente afianzado y transformado en símbolo navideño a partir de mediados del Siglo XIX. Los responsables de difundir esta leyenda no fueron otros que los miembros de una cámara de fabricantes de juguetes buscando mejorar sus ventas, que lanzaron como campaña de marketing la creencia de que un gordo proveniente del polo norte les daba regalos a los “chicos buenos”. Esto provocó terror entre los burgueses, que por su código moral no podían permitirse el lujo de que se supiera que sus hijos se portaban mal y entonces, para simular que los niños eran buenos y Papá Noel los recompensaba, gastaban fortunas en obsequios. De esta manera podían tapar las malas acciones de esas criaturitas, que recibían su presente aunque hubieran mandado a linchar a su perro o aunque hubiesen prendido fuego una iglesia al grito de “Satanás es nuestro único señor”.
Para el momento en que los burgueses entendieron que Papá Noel no existía, la costumbre de los regalos había quedado tan difundida, que era imposible detenerla, salvo que quisieran enfrentarse a sus hijos, y ya dijimos lo que hacían tales dulzuras, así que mejor darles una playstation para que se queden calladitos. Poco a poco,
Miguel del Foco es un filósofo, filólogo e historiador que ha estudiado la génesis y evolución de diferentes prácticas culturales, centrando su análisis casi siempre en los conflictos de poder subyacentes a cada proceso. Sus libros “Historia de las peleas de barras en el fútbol y el desarrollo del capitalismo tardío” y “Un sopapo pegado a tiempo: el desarrollo de la disciplina paterna en las familias occidentales” han llegado a niveles de venta dignos de un Best Seller.
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