Por Friederick Pellinski
... De la mujer sin párpados
La fantástica leyenda de la chica psycho nace una tortuosa noche de invierno en la que un amigo mío alegremente conquistó a esta muchacha, que no carecía para nada de belleza. Tras pasar la velada en el subsuelo, habiendo ya la luz del día disipado las tinieblas, salieron con la firme intención de mantener relaciones sexuales. Fueron a una plaza y comenzaron a darse las diversas formas de cariño que llevan normalmente a la consumación del acto. El galán se encontraba contento hasta que se dio, según su relato, un diálogo que fue más o menos así.
ACLARACION: el siguiente pasaje contiene escenas de sexo explícito y lenguaje soez, por lo tanto no es recomendable para menores ni personas impresionables.
-Bueno, vamos a otro lado- dijo el muchacho, dejando bien en claro que “el otro lado” se trataba de un telo.
-No, cojamos acá.
Mi amigo vio que se encontraban en medio de una plaza y que, cada tanto, pasaba alguna inocente anciana paseando un caniche u otro perro minúsculo; se sorprendió y trató de proseguir.
-No, en serio: vamos a un telo- aclaró, tal vez creyendo que no había estado suficientemente claro lo de “el otro lado”.
-No, no, escondámonos por acá
-Pero, no hay drama, yo tengo plata.
Le muchacha volvió a negarse y a mi amigo no le quedó más remedio que terminar haciéndolo mal escondido detrás de un árbol y preocupado porque no lo descubriera ninguna de aquellas ancianas con su pseudo perro. Como guinda del postre, la muchacha le preguntó, antes de comenzar, “por dónde querés meterla” a lo que mi amigo, ya bastante aturdido por el alcohol, la mañana y lo poco convencional de la situación, no supo bien que responder. Por suerte ella completó su pregunta con un “porque yo quiero que me la metas por la cola…”
Fin de la etapa escatológica, los lectores puritanos pueden continuar con la lectura desde aquí.
Luego de que terminara el asunto, ambos se despidieron sin ningún tipo de juramento de nuevos encuentros (aunque habían intercambiado teléfonos). Por ese motivo, ya en la semana, mi amigo se sorprendió al volver a su casa del trabajo y enterarse de que Psycho lo había llamado no una, no dos, sino tres veces durante su ausencia y que había dejado dicho que quería hablar con él. Como no tenía pensado volver a verla nunca más evitó devolverle aquellos llamados pero, por supuesto, eso no disuadió a la chica para nada. Al otro día, al regresar nuevamente muy tarde de su laburo, escuchó que la enamorada lo había buscado varias veces más. Eso le dio miedo y tampoco la llamó... Veinticuatro horas después ocurrió lo mismo.
Pero claro, el evitarla por teléfono sería infructuoso como forma de cortar todo contacto con ella por un motivo obvio: fatalmente debían cruzarse ambos en el subsuelo. Como dejar de ir a aquel antro no era una opción viable, ocurrió que al primer viernes se tuvieron que ver, ¡y de qué forma! Mi amigo, por casualidad, se puso a conversar con toda la inocencia con una chica mientras entraba, y apareció Psycho, hecha una furia, increpándolo por “estar con otra”. Alterado por la situación, a duras penas pudo encontrar palabras para explicarle que un encuentro sexual en una plaza no significaba una promesa de amor eterno y que, aunque le había gustado lo que había pasado, no creía que diera para más. Ella lo entendió perfectamente y jamás volvió a tener contacto directo con nosotros, pero de alguna forma su presencia continuó influyendo en nuestras vidas.
Y es que aquel que la había poseído en la plaza no había sido el único de nuestro grupo que la había visto, sino que hubo otro que pudo tenerla ante su mirada justo cuando ocurrió la escena que se narra en el párrafo precedente. Segundos después vino hacia mí, empapado en un sudor congelado, y con una expresión extraviada, similar a la que vi en mucha gente luego de ver por primera vez una novela de Cris Morena. Tras media hora de sollozos pude calmarlo un poco, pero todavía no podía hablar con total coherencia y las palabras “esos ojos” eran las únicas que podía articular. Me moví por la pista de baile y fue cuando entonces comprendí a que se refería.
Decir que vi a Psycho sería una mentira: sólo pude ver dos círculos de fuego, gigantescos que ocupaban todo mi campo visual. Enterado de lo que le había ocurrido a mis amigos, no pude dejar de mirarlos, con una fascinación que era sólo comparable con mi pánico. Eran dos ojos que no parpadeaban, como el de Sauron de El Señor de los Anillos, pero multiplicado por dos. Miraban por toda la pista, buscando con frenética tristeza algo o a alguien, jamás podría saber qué, porque aunque la búsqueda se repetiría cada noche, a nadie se le hubiese ocurrido preguntar. Y yo los miré, hasta que de golpe intentaron posarse en los míos, y algún arcano mecanismo de defensa me obligó a retirarme, salvándome una vez más de ser atrapado por las garras de la locura.
Psycho siguió visitando el subsuelo varios años más. Su mirada extraordinariamente rígida, que en otro contexto podría haber sido formidable para ser campeona en ese estúpido juego de “quién parpadea primero”, siguió causando el terror en su extraña búsqueda, a pesar de que jamás volvió a acercarse directamente a nosotros. Era como una amenaza latente, como un síntoma de lo que podía llegar a pasarnos allí abajo. Y un día la vimos junto a la ninfa frígida, juntas bailando una danza olvidada por todas las criaturas puras e inocentes de la tierra, y casi dejamos de ir al subsuelo, creyendo que el delirio nos destruiría.
Pero, no sabemos muy bien si por suerte o no, las cosas cambiaron. Una noche como tantas, Psycho se encontraba allí abajo, sola como siempre, y parece que hizo enfurecer a un grupo de muchachas a las que sus ojos no les causaban tanta impresión. Una de estas, con un sublime toque de gracia y fineza femeninas, la regaló un maravilloso surtido de piñas y patadas que le dejaron la cara peor que ...mmm... ¿con qué comparar ese rostro sanguinoliento? ¡Sí! Peor que el de mi vecina de 57 años luego de una no muy feliz cirugía estética (si la hubieran visto alguna vez sabrían de lo que hablo, pero piensen en una de esas caras prefabricadas que hacen pensar que es mejor llevar la vejez dignamente que arriesgarse a que un trasnochado artista facial haga una pintura cubista con la misma)
Psycho desapareció del subsuelo y, a partir de esa noche, no supimos más nada de ella. Nos sentimos aliviados porque pensábamos que de a poco se purificaba aquel piso cuadriculado. Pero en realidad fuimos unos ilusos, porque si bien esos ojos no volvieron más, el espíritu inmortal del terror quedó impregnado en el ambiente, en cada mirada y corte de pelo y prenda extravagante que nos recordaba que una potencial Psycho se encontraba escondida en cada uno de ellos. Incluso todos soñamos con los ojos del mal alguna noche solitaria en la que no salimos. Recuerdo haber despertado transpirado y haberme parado aterrado frente al espejo de mi baño creyendo que no podía parpadear, no sabiendo si los ojos que estaban en el espejo eran míos o de ella. Y entonces pienso, por vez primera, en quién puede estar leyendo estas líneas. Y, ¡oh lector!, ya que no puedo obligarte, te imploro: ¡mueve tus párpados, por favor! ¡Hazlo aunque sea para ti un esfuerzo impensable! Y, si te falla el cuerdo vigor, miénteme: ¡libérame de saber que tu mirada se ha quedado inmóvil!
1 comentario:
Publicar un comentario